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La vocación al amor, hilo conductor de la pastoral familiar.

El principio del que partimos nos lo marca claramente el reciente Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia de España (DPF, 89): "La vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor". Esforcémonos en enseñar a  amar a nuestros jóvenes y esposos. Aprender a amar es imprescindible para poder alcanzar la promesa del Buen Pastor, que alcancemos una "vida en abundancia".

Comenzamos un camino que nos llevará a entender la pastoral familiar desde otra perspectiva, mucho más rica para la persona. El acompañamiento a las familias tendrá como hilo conductor la vocación al amor. Nuestra misión es mostrar y fomentar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, y que cada uno de sus miembros sea capaz de responder a dicha vocación. La importancia de la vocación al amor es una novedad que nos presenta Juan Pablo II en dos citas muy importantes:

- En 1979 en la Carta Encíclica Redemptor hominis (n. 10): "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente".

- En 1981 en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 11): "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor".

De estas ricas aportaciones se hace eco el Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia de España en el 2003 (DPF, 89):

"La vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor".

Esto nos permite desarrollar un nuevo concepto de pastoral familiar desde una perspectiva vocacional, de la que da debida respuesta el Directorio. Debemos mostrar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, por lo que será desde esta misma perspectiva como se nos revele (DPF, 28):

"El plan de Dios que revela al hombre la plenitud de su vocación se ha de comprender entonces como una verdadera "vocación al amor"."

Cuando cada uno de nosotros descubre su vocación al amor, que es la luz de su vida, se nos revela la verdad del matrimonio y de la familia (DPF, 22). Comprender estas verdades en el contexto del plan de Dios resulta vital para el buen desarrollo de una adecuada pastoral familiar. Este descubrimiento es una realidad dinámica que se prolonga a lo largo de toda nuestra vida y que, al mismo tiempo, implica nuestra propia identidad (todo el ser, en su unidad integral de un ser corpóreo-espiritual) y la de todo ser (DPF, 30). De este modo, se sigue y se acompaña a las personas que integran la familia en su proceso de personalización, presentándoles una guía que no falsee la verdad ni la libertad (cfr. DPF, 89).

El amor, como fundamento de esta guía, se presenta como la vocación fundamental e innata de todo ser humano. Si el fin de la vocación al amor es el don sincero de sí por el que el hombre encuentra su propia identidad, es preciso una educación en el conocimiento, dominio y dirección del corazón. Por ello, la vocación al amor  requiere un cuidado esmerado de la educación al amor, haciendo conscientes a las personas de la necesidad de aprender a amar  (DPF, 89). Así, el amor esponsal va a ser el fin de todo este proceso de crecimiento y maduración que el hombre ha de realizar como preparación a la totalidad de la entrega. El amor es así la fuerza y el hilo conductor de la vida de la familia como educación de la persona. La revelación de la vocación al amor de cada hombre o mujer depende en gran medida de esta inicial educación al amor que se ha de realizar en la familia.

Hay una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato por el Reino de los cielos (DPF, 43). El amor conyugal, que pertenece a la esencia del matrimonio, ha de ser signo y realización de toda la verdad contenida en la vocación al amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del plan de Dios (cfr. DPF, 40).

Al mismo tiempo, reconocer y realizar en plenitud la vocación al amor es la raíz originaria de toda moralidad. Interpretar el juicio moral desde una perspectiva vocacional no debilita la capacidad del hombre para construir su propia existencia. Al contrario, da una dirección estable, independiente de la intensidad del momento, que no conlleva ningún temor al futuro ni a ningún tipo de compromiso perdurable. También le permite interpretar adecuadamente las relaciones interpersonales, sin tener que recurrir a una perspectiva sentimental o utilitarista (cfr. DPF, 19).

La fuente de esta vocación al amor está en el amor de Dios, el cual nos propone compartir un camino en respuesta a su llamada, nos revela la plenitud de nuestra vocación y llega a inscribírnosla en nuestro propio ser, e incluso en nuestro propio cuerpo. Así pues, esta llamada al amor está inscrita en la misma diferencia sexual, la cual interpela a la libertad del hombre y de la mujer para que descubran como fin de su vida la construcción de una auténtica comunión de personas. Con ello se vive la sexualidad como un "modo de ser" personal, orientada a expresar y realizar la vocación del hombre y de la mujer al amor. Por todo ello, hay una íntima relación de carácter moral entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el amor de una comunión de personas abierta a la vida (DPF, 30), las cuales deben integrarse en una historia unitaria y vocacional.

Por todo ello, la vocación al amor va a permitir la construcción de la vida del hombre en toda su plenitud (DPF, 28). Y hacia esa plenitud quiere dirigir en un adecuado acompañamiento nuestro Directorio. El núcleo vital de la pastoral de las familias es la vocación al amor, por lo que debe ser un camino integrado en los procesos vitales de la familia, y no una serie de estructuras o acciones puntuales (DPF, 71). Hemos de disponer de una pastoral familiar que se nutra de la misma vida de las familias, que les acompañe en todo el proceso de crecimiento de la persona en el descubrimiento de su vocación. Así, el hombre va descubriendo el plan de Dios en su vocación al amor: que el matrimonio encuentre su plenitud en la familia. Para lo cual Dios se sirve de las realidades más humanas para mostrar y realizar su plan de salvación. El "Nosotros" divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del "nosotros" específico que constituye la familia.

En los siguientes capítulos abordaremos la importancia de esta vocación al amor en el seno de la familia. Comenzaremos por analizar lo que supone una llamada creadora para nuestra vida, el contenido de lo que se nos revela en ella y la respuesta que podemos dar. Concluiremos el quinto capítulo correlacionando los diferentes tiempos existenciales de la persona en la vivencia de esta vocación y los tiempos pastorales de los que disponemos en el acompañamiento de nuestras familias.

Comenzamos un camino que nos llevará a entender la pastoral familiar desde otra perspectiva, mucho más rica para la persona. El acompañamiento a las familias tendrá como hilo conductor la vocación al amor. Nuestra misión es mostrar y fomentar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, y que cada uno de sus miembros sea capaz de responder a dicha vocación. La importancia de la vocación al amor es una novedad que nos presenta Juan Pablo II en dos citas muy importantes:

- En 1979 en la Carta Encíclica Redemptor hominis (n. 10): "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente".

- En 1981 en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 11): "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor".

De estas ricas aportaciones se hace eco el Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia de España en el 2003 (DPF, 89):

"La vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor".

Esto nos permite desarrollar un nuevo concepto de pastoral familiar desde una perspectiva vocacional, de la que da debida respuesta el Directorio. Debemos mostrar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, por lo que será desde esta misma perspectiva como se nos revele (DPF, 28):

"El plan de Dios que revela al hombre la plenitud de su vocación se ha de comprender entonces como una verdadera "vocación al amor"."

Cuando cada uno de nosotros descubre su vocación al amor, que es la luz de su vida, se nos revela la verdad del matrimonio y de la familia (DPF, 22). Comprender estas verdades en el contexto del plan de Dios resulta vital para el buen desarrollo de una adecuada pastoral familiar. Este descubrimiento es una realidad dinámica que se prolonga a lo largo de toda nuestra vida y que, al mismo tiempo, implica nuestra propia identidad (todo el ser, en su unidad integral de un ser corpóreo-espiritual) y la de todo ser (DPF, 30). De este modo, se sigue y se acompaña a las personas que integran la familia en su proceso de personalización, presentándoles una guía que no falsee la verdad ni la libertad (cfr. DPF, 89).

El amor, como fundamento de esta guía, se presenta como la vocación fundamental e innata de todo ser humano. Si el fin de la vocación al amor es el don sincero de sí por el que el hombre encuentra su propia identidad, es preciso una educación en el conocimiento, dominio y dirección del corazón. Por ello, la vocación al amor  requiere un cuidado esmerado de la educación al amor, haciendo conscientes a las personas de la necesidad de aprender a amar  (DPF, 89). Así, el amor esponsal va a ser el fin de todo este proceso de crecimiento y maduración que el hombre ha de realizar como preparación a la totalidad de la entrega. El amor es así la fuerza y el hilo conductor de la vida de la familia como educación de la persona. La revelación de la vocación al amor de cada hombre o mujer depende en gran medida de esta inicial educación al amor que se ha de realizar en la familia.

Hay una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato por el Reino de los cielos (DPF, 43). El amor conyugal, que pertenece a la esencia del matrimonio, ha de ser signo y realización de toda la verdad contenida en la vocación al amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del plan de Dios (cfr. DPF, 40).

Al mismo tiempo, reconocer y realizar en plenitud la vocación al amor es la raíz originaria de toda moralidad. Interpretar el juicio moral desde una perspectiva vocacional no debilita la capacidad del hombre para construir su propia existencia. Al contrario, da una dirección estable, independiente de la intensidad del momento, que no conlleva ningún temor al futuro ni a ningún tipo de compromiso perdurable. También le permite interpretar adecuadamente las relaciones interpersonales, sin tener que recurrir a una perspectiva sentimental o utilitarista (cfr. DPF, 19).

La fuente de esta vocación al amor está en el amor de Dios, el cual nos propone compartir un camino en respuesta a su llamada, nos revela la plenitud de nuestra vocación y llega a inscribírnosla en nuestro propio ser, e incluso en nuestro propio cuerpo. Así pues, esta llamada al amor está inscrita en la misma diferencia sexual, la cual interpela a la libertad del hombre y de la mujer para que descubran como fin de su vida la construcción de una auténtica comunión de personas. Con ello se vive la sexualidad como un "modo de ser" personal, orientada a expresar y realizar la vocación del hombre y de la mujer al amor. Por todo ello, hay una íntima relación de carácter moral entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el amor de una comunión de personas abierta a la vida (DPF, 30), las cuales deben integrarse en una historia unitaria y vocacional.

Por todo ello, la vocación al amor va a permitir la construcción de la vida del hombre en toda su plenitud (DPF, 28). Y hacia esa plenitud quiere dirigir en un adecuado acompañamiento nuestro Directorio. El núcleo vital de la pastoral de las familias es la vocación al amor, por lo que debe ser un camino integrado en los procesos vitales de la familia, y no una serie de estructuras o acciones puntuales (DPF, 71). Hemos de disponer de una pastoral familiar que se nutra de la misma vida de las familias, que les acompañe en todo el proceso de crecimiento de la persona en el descubrimiento de su vocación. Así, el hombre va descubriendo el plan de Dios en su vocación al amor: que el matrimonio encuentre su plenitud en la familia. Para lo cual Dios se sirve de las realidades más humanas para mostrar y realizar su plan de salvación. El "Nosotros" divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del "nosotros" específico que constituye la familia.

En los siguientes capítulos abordaremos la importancia de esta vocación al amor en el seno de la familia. Comenzaremos por analizar lo que supone una llamada creadora para nuestra vida, el contenido de lo que se nos revela en ella y la respuesta que podemos dar. Concluiremos el quinto capítulo correlacionando los diferentes tiempos existenciales de la persona en la vivencia de esta vocación y los tiempos pastorales de los que disponemos en el acompañamiento de nuestras familias.

Comenzamos un camino que nos llevará a entender la pastoral familiar desde otra perspectiva, mucho más rica para la persona. El acompañamiento a las familias tendrá como hilo conductor la vocación al amor. Nuestra misión es mostrar y fomentar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, y que cada uno de sus miembros sea capaz de responder a dicha vocación. La importancia de la vocación al amor es una novedad que nos presenta Juan Pablo II en dos citas muy importantes:

- En 1979 en la Carta Encíclica Redemptor hominis (n. 10): "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente".

- En 1981 en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 11): "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor".

De estas ricas aportaciones se hace eco el Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia de España en el 2003 (DPF, 89):

"La vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor".

Esto nos permite desarrollar un nuevo concepto de pastoral familiar desde una perspectiva vocacional, de la que da debida respuesta el Directorio. Debemos mostrar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, por lo que será desde esta misma perspectiva como se nos revele (DPF, 28):

"El plan de Dios que revela al hombre la plenitud de su vocación se ha de comprender entonces como una verdadera "vocación al amor"."

Cuando cada uno de nosotros descubre su vocación al amor, que es la luz de su vida, se nos revela la verdad del matrimonio y de la familia (DPF, 22). Comprender estas verdades en el contexto del plan de Dios resulta vital para el buen desarrollo de una adecuada pastoral familiar. Este descubrimiento es una realidad dinámica que se prolonga a lo largo de toda nuestra vida y que, al mismo tiempo, implica nuestra propia identidad (todo el ser, en su unidad integral de un ser corpóreo-espiritual) y la de todo ser (DPF, 30). De este modo, se sigue y se acompaña a las personas que integran la familia en su proceso de personalización, presentándoles una guía que no falsee la verdad ni la libertad (cfr. DPF, 89).

El amor, como fundamento de esta guía, se presenta como la vocación fundamental e innata de todo ser humano. Si el fin de la vocación al amor es el don sincero de sí por el que el hombre encuentra su propia identidad, es preciso una educación en el conocimiento, dominio y dirección del corazón. Por ello, la vocación al amor  requiere un cuidado esmerado de la educación al amor, haciendo conscientes a las personas de la necesidad de aprender a amar  (DPF, 89). Así, el amor esponsal va a ser el fin de todo este proceso de crecimiento y maduración que el hombre ha de realizar como preparación a la totalidad de la entrega. El amor es así la fuerza y el hilo conductor de la vida de la familia como educación de la persona. La revelación de la vocación al amor de cada hombre o mujer depende en gran medida de esta inicial educación al amor que se ha de realizar en la familia.

Hay una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato por el Reino de los cielos (DPF, 43). El amor conyugal, que pertenece a la esencia del matrimonio, ha de ser signo y realización de toda la verdad contenida en la vocación al amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del plan de Dios (cfr. DPF, 40).

Al mismo tiempo, reconocer y realizar en plenitud la vocación al amor es la raíz originaria de toda moralidad. Interpretar el juicio moral desde una perspectiva vocacional no debilita la capacidad del hombre para construir su propia existencia. Al contrario, da una dirección estable, independiente de la intensidad del momento, que no conlleva ningún temor al futuro ni a ningún tipo de compromiso perdurable. También le permite interpretar adecuadamente las relaciones interpersonales, sin tener que recurrir a una perspectiva sentimental o utilitarista (cfr. DPF, 19).

La fuente de esta vocación al amor está en el amor de Dios, el cual nos propone compartir un camino en respuesta a su llamada, nos revela la plenitud de nuestra vocación y llega a inscribírnosla en nuestro propio ser, e incluso en nuestro propio cuerpo. Así pues, esta llamada al amor está inscrita en la misma diferencia sexual, la cual interpela a la libertad del hombre y de la mujer para que descubran como fin de su vida la construcción de una auténtica comunión de personas. Con ello se vive la sexualidad como un "modo de ser" personal, orientada a expresar y realizar la vocación del hombre y de la mujer al amor. Por todo ello, hay una íntima relación de carácter moral entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el amor de una comunión de personas abierta a la vida (DPF, 30), las cuales deben integrarse en una historia unitaria y vocacional.

Por todo ello, la vocación al amor va a permitir la construcción de la vida del hombre en toda su plenitud (DPF, 28). Y hacia esa plenitud quiere dirigir en un adecuado acompañamiento nuestro Directorio. El núcleo vital de la pastoral de las familias es la vocación al amor, por lo que debe ser un camino integrado en los procesos vitales de la familia, y no una serie de estructuras o acciones puntuales (DPF, 71). Hemos de disponer de una pastoral familiar que se nutra de la misma vida de las familias, que les acompañe en todo el proceso de crecimiento de la persona en el descubrimiento de su vocación. Así, el hombre va descubriendo el plan de Dios en su vocación al amor: que el matrimonio encuentre su plenitud en la familia. Para lo cual Dios se sirve de las realidades más humanas para mostrar y realizar su plan de salvación. El "Nosotros" divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del "nosotros" específico que constituye la familia.

En los siguientes capítulos abordaremos la importancia de esta vocación al amor en el seno de la familia. Comenzaremos por analizar lo que supone una llamada creadora para nuestra vida, el contenido de lo que se nos revela en ella y la respuesta que podemos dar. Concluiremos el quinto capítulo correlacionando los diferentes tiempos existenciales de la persona en la vivencia de esta vocación y los tiempos pastorales de los que disponemos en el acompañamiento de nuestras familias.

Comenzamos un camino que nos llevará a entender la pastoral familiar desde otra perspectiva, mucho más rica para la persona. El acompañamiento a las familias tendrá como hilo conductor la vocación al amor. Nuestra misión es mostrar y fomentar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, y que cada uno de sus miembros sea capaz de responder a dicha vocación. La importancia de la vocación al amor es una novedad que nos presenta Juan Pablo II en dos citas muy importantes:

- En 1979 en la Carta Encíclica Redemptor hominis (n. 10): "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente".

- En 1981 en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 11): "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor".

De estas ricas aportaciones se hace eco el Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia de España en el 2003 (DPF, 89):

"La vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor".

Esto nos permite desarrollar un nuevo concepto de pastoral familiar desde una perspectiva vocacional, de la que da debida respuesta el Directorio. Debemos mostrar el plan de Dios para el matrimonio y la familia, por lo que será desde esta misma perspectiva como se nos revele (DPF, 28):

"El plan de Dios que revela al hombre la plenitud de su vocación se ha de comprender entonces como una verdadera "vocación al amor"."

Cuando cada uno de nosotros descubre su vocación al amor, que es la luz de su vida, se nos revela la verdad del matrimonio y de la familia (DPF, 22). Comprender estas verdades en el contexto del plan de Dios resulta vital para el buen desarrollo de una adecuada pastoral familiar. Este descubrimiento es una realidad dinámica que se prolonga a lo largo de toda nuestra vida y que, al mismo tiempo, implica nuestra propia identidad (todo el ser, en su unidad integral de un ser corpóreo-espiritual) y la de todo ser (DPF, 30). De este modo, se sigue y se acompaña a las personas que integran la familia en su proceso de personalización, presentándoles una guía que no falsee la verdad ni la libertad (cfr. DPF, 89).

El amor, como fundamento de esta guía, se presenta como la vocación fundamental e innata de todo ser humano. Si el fin de la vocación al amor es el don sincero de sí por el que el hombre encuentra su propia identidad, es preciso una educación en el conocimiento, dominio y dirección del corazón. Por ello, la vocación al amor  requiere un cuidado esmerado de la educación al amor, haciendo conscientes a las personas de la necesidad de aprender a amar  (DPF, 89). Así, el amor esponsal va a ser el fin de todo este proceso de crecimiento y maduración que el hombre ha de realizar como preparación a la totalidad de la entrega. El amor es así la fuerza y el hilo conductor de la vida de la familia como educación de la persona. La revelación de la vocación al amor de cada hombre o mujer depende en gran medida de esta inicial educación al amor que se ha de realizar en la familia.

Hay una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato por el Reino de los cielos (DPF, 43). El amor conyugal, que pertenece a la esencia del matrimonio, ha de ser signo y realización de toda la verdad contenida en la vocación al amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del plan de Dios (cfr. DPF, 40).

Al mismo tiempo, reconocer y realizar en plenitud la vocación al amor es la raíz originaria de toda moralidad. Interpretar el juicio moral desde una perspectiva vocacional no debilita la capacidad del hombre para construir su propia existencia. Al contrario, da una dirección estable, independiente de la intensidad del momento, que no conlleva ningún temor al futuro ni a ningún tipo de compromiso perdurable. También le permite interpretar adecuadamente las relaciones interpersonales, sin tener que recurrir a una perspectiva sentimental o utilitarista (cfr. DPF, 19).

La fuente de esta vocación al amor está en el amor de Dios, el cual nos propone compartir un camino en respuesta a su llamada, nos revela la plenitud de nuestra vocación y llega a inscribírnosla en nuestro propio ser, e incluso en nuestro propio cuerpo. Así pues, esta llamada al amor está inscrita en la misma diferencia sexual, la cual interpela a la libertad del hombre y de la mujer para que descubran como fin de su vida la construcción de una auténtica comunión de personas. Con ello se vive la sexualidad como un "modo de ser" personal, orientada a expresar y realizar la vocación del hombre y de la mujer al amor. Por todo ello, hay una íntima relación de carácter moral entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el amor de una comunión de personas abierta a la vida (DPF, 30), las cuales deben integrarse en una historia unitaria y vocacional.

Por todo ello, la vocación al amor va a permitir la construcción de la vida del hombre en toda su plenitud (DPF, 28). Y hacia esa plenitud quiere dirigir en un adecuado acompañamiento nuestro Directorio. El núcleo vital de la pastoral de las familias es la vocación al amor, por lo que debe ser un camino integrado en los procesos vitales de la familia, y no una serie de estructuras o acciones puntuales (DPF, 71). Hemos de disponer de una pastoral familiar que se nutra de la misma vida de las familias, que les acompañe en todo el proceso de crecimiento de la persona en el descubrimiento de su vocación. Así, el hombre va descubriendo el plan de Dios en su vocación al amor: que el matrimonio encuentre su plenitud en la familia. Para lo cual Dios se sirve de las realidades más humanas para mostrar y realizar su plan de salvación. El "Nosotros" divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del "nosotros" específico que constituye la familia.

En los siguientes capítulos abordaremos la importancia de esta vocación al amor en el seno de la familia. Comenzaremos por analizar lo que supone una llamada creadora para nuestra vida, el contenido de lo que se nos revela en ella y la respuesta que podemos dar. Concluiremos el quinto capítulo correlacionando los diferentes tiempos existenciales de la persona en la vivencia de esta vocación y los tiempos pastorales de los que disponemos en el acompañamiento de nuestras familias.

Publicado por Ramón Acosta Peso, Máster CC Matrimonio y Familia, 3 hijas, el 15 de Octubre, 2006, 12:49 | Referencias (0)

 

 

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