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La llamada

 Una frase de nuestro Directorio de Pastoral Familiar de la Iglesia en España (DPF, 22) marca de forma clara la línea la línea a seguir: “La verdad del matrimonio y la familia se revela al hombre en la medida en que descubre la vocación al amor que es la luz de su vida”. En todo acompañamiento a una persona no podemos olvidar este aspecto. Hemos de ayudarle a que pueda identificar cuál es su vocación y a que pueda responder a ella, que sea su misma vocación al amor la que le guíe y dé sentido a su vida. De este mismo marco es de donde se nutre la pastoral de las familias.

  ¿En qué consiste esta vocación? ¿Cómo se nos revela? ¿De qué modo guía nuestra propia vida? “Vocación” significa llamada, una llamada originaria y amorosa que se va plasmando en tu “caminar vital”, de modo que libremente buscas esa plenitud que tanto deseas. Es un auténtico “don”, un regalo “misterioso” que te llena y supera, al que de forma agradecida has de ser fiel en tu respuesta. Ahora eres tú el protagonista.

Has sido creado y llamado en una misma y única actuación de Dios, una palabra de Dios pronunciada de una sola vez, por lo que a esta “llamada creadora” es a la que tendrás que responder. Dios es el único que en el fondo te ama realmente y te conoce en verdad y en totalidad. «Entonces conoceré como Dios mismo me conoce» (1 Cor 13, 12), sólo en Dios radica cada ser humano. Sólo en el encuentro con Él aprendes quién eres, pues sólo Dios puede decírtelo.

La vocación no es algo que se añada a tu persona, ni algo que sólo incida accidentalmente en ti, sino que forma parte esencial de tu propia identidad: identidad y vocación forman una unidad indivisible. Esto te supone el inicio de una búsqueda, motivada por la misma llamada creadora al marcarte una orientación, una meta a la que eres llamado.

Existe un plan de Dios para ti, anterior a cualquier proyecto humano que hayas realizado, pues te eligió y te quiso desde un principio (cfr. Ef 1,4). Expresas y vives en el tiempo y en el espacio un pensamiento y un amor singularísimo de Dios, sin que otros lo puedan suplantar. Más que un plan, quiere invitarte a una historia de amor concreta, en la que seas el verdadero protagonista. En ella, destacan algunas notas sobre otras:

a. VOCACIÓN ORIGINARIA. “Es una vocación originaria, anterior a cualquier elección humana, que está inscrita en su propio ser, incluso en su propio cuerpo. Así nos lo ha revelado Dios cuando dice: “a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gén 1,27)” (DPF, 28). Es “originaria" en un sentido universal, por lo que no puedes reducirla a la elección que hace Dios de una persona para ser religioso o sacerdote.

b. VOCACIÓN Y AMOR. La esencia de la vocación se halla en el amor, como nos recuerda Santa Teresa de Lisieux: “Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor era todo”. Vocación y amor no son un mero impulso, sino una luz que te permite interpretar la propia vida en las circunstancias más diversas, aunque nunca una especie de "luz especial" separada de las experiencias ordinarias de la vida.

c. VOCACIÓN Y PERSONA. El mismo término vocación señala que el contenido de la misma es una persona, por lo que no puede reducirse a una inclinación o tendencia debidas al carácter. Existe, ante todo, una concreción personal: "te he llamado por tu nombre, tú eres mío" (Is 43,1). Se te elige por quién eres, esto significa ante todo que eres objeto de un amor de elección, un amor que se refiere a tu persona y no a tus cualidades.

d. VOCACIÓN Y TOTALIDAD.  Esta llamada implica a toda tu persona y a toda tu existencia. No se reduce a un momento concreto, Dios continúa llamándote todos los días. “Todos nos encontramos en permanente estado de llamada”, lo que implica que la vocación se encarna en el tiempo. Por ello, esta vocación auténtica se va desarrollando a lo largo de todo un proceso de vida, en el que irás descubriendo y dando respuesta a esta llamada, hecho que se traduce en la forma de enfocar la perspectiva vocacional en la nueva pastoral familiar (DPF, 72).

e. VOCACIÓN Y LIBERTAD. Este acontecimiento personal es una clara llamada a tu “libertad”, por la que descubres, como fin de tu vida, la construcción de una auténtica comunión de personas (DPF, 28). La auténtica libertad nace de una relación en la que la elección de la persona a la que vas a entregar tu vida es la máxima expresión de la libertad (DPF, 34).

f. VOCACIÓN Y PLENITUD DE VIDA. Esta libertad nace de un amor primero y tiende a un amor final que es la comunión de las personas. Como todo ser humano, eres un buscador de plenitud, pues para ti existe la promesa de un fin último al que aspirar. En esta comunión de personas es donde radica la plenitud de vida que busca todo cristiano. Y es el objetivo que debe marcarse toda pastoral familiar, asumiendo las palabras que el Buen Pastor dio a su propia misión: “para eso vine yo al mundo, para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Esa vida en abundancia es la que nos impulsa a “conducir a la familia a una la plenitud de vida humana y cristiana”, a desarrollar la vida que Dios ha puesto en corazón de las familias.

g. VOCACIÓN Y FIDELIDAD. La clave de tu vocación reside en la fidelidad a esta invitación al amor, que palpita en el comienzo de su propia libertad. De ahí que el Directorio te señale que la perfección de la vida cristiana se mida por la caridad o fidelidad a la propia vocación (DPF, 44).

h. VOCACIÓN Y RELACIÓN. El amor se te revela siempre en tu relación con otras personas. Será en el ENCUENTRO con otra persona, promesa de un amor más grande y que te remite a un amor originario: a la PRESENCIA, a su presencia guardada en tu corazón. El encuentro ha de conducirte a algo más: a una COMUNIÓN, a un “vivir para”, hacia la cual puedas proyectar todas tus acciones. Nadie puede hacerse a sí mismo, por lo que siempre te precede una relación con aquel que amas. Despertarás ante él, quien te ama será quien te descubra y vea tu interior.

i. VOCACIÓN Y TIEMPO. El designio divino se realiza inseparablemente a través y al final del tiempo. Por eso, tu identidad no es algo que esté al margen de tu propia historia ni de tu libertad: se realiza en el tiempo, cuenta con tu libertad y se compone de tus decisiones, por lo que es histórica.

j. VOCACIÓN Y ESPACIO. Esta llamada resuena y la reconoces en tu interior, conforme profundizas en tu intimidad. Accedes a tu identidad mediante la forma de un reconocimiento, es decir, vas descubriendo algo que ya tenías en tu interior desde el principio de tu existencia. Para reconocer lo que eres, necesitas verte reflejado en algo que encuentras fuera de ti. Por eso, la llamada de Dios no puede ser algo meramente interior, sino que también debe tener una dimensión externa o histórica.

En las bellas palabras de la Familiaris consortio (n. 11), Juan Pablo II nos marca claramente el modo, el origen y la finalidad de esta llamada creadora: "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor” . Al desglosar los distintos movimientos de esta “sinfonía de la llamada” descubrirás que en este “por amor” encuentras el origen, la originalidad y el fundamento; la invitación “al amor” te indica la finalidad que has de dar a tu vida y a tus acciones; mientras que será “en el amor” donde se te revele esta vocación y donde recorras este itinerario con otras personas. Por lo tanto, concluye el mismo punto, el amor es “la vocación fundamental e innata de todo ser humano”, es una llamada que te pide una respuesta.

En este bello itinerario que parte del amor y se dirige hacia un amor más grande, la fe, esperanza y caridad se hacen imprescindibles. Para que puedas avanzar y llegar a construir un hogar será necesario que “creas” en el amor, que “esperes” en él y, para ello, has de aprender a amar. Tanto tú como los que te rodean estáis necesitados de dicho aprendizaje. No basta la mera la espontaneidad, que aboca tantas veces al desengaño y a dejar de creer en el amor y a desesperar. Pero, ¿cómo mostrarte el camino para que puedas “aprender a amar”? Sólo se te puede enseñar a amar amando. No debes correr el riesgo de tener una teoría del amor y no poseer suficientemente su arte.

Precisamente en el seno de la familia es donde comienza la primera educación al amor como un proceso que tiene sus propios momentos y que te acompaña en tu maduración personal. La revelación de tu vocación al amor depende en gran medida de esta inicial educación al amor; su falta es, en cambio, un grave obstáculo para que el plan de Dios llegue a echar raíces en tu corazón y puedas vivir la comunión con Él (DPF, 70).

Publicado por Ramón Acosta Peso, Máster CC Matrimonio y Familia, 3 hijas el 15 de Diciembre, 2006, 21:28 | Referencias (0)

 

 

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