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La respuesta

A la llamada ofrecemos nuestra respuesta. ¿Quién soy yo, el que responde? ¿Cuáles son las falsas identidades que distorsionan la repuesta? Las características de la respuesta y sus dificultades.

La respuesta

Se puede afirmar que el hombre es "respuesta" ante la vocación, y "responsable" ante lo que hace. Y toda existencia del hombre es, en primer término, una respuesta a la llamada a ser quien está llamado a ser. El ser humano al ser alguien pronunciado por Dios en un diálogo abierto, ha de pronunciarse a sí mismo delante de Dios, debe realizarse en ese diálogo libre que le va conduciendo a su quién final. Por ello, la historia personal de cada uno es la historia de la realización de su propia identidad, la historia de su respuesta a la llamada de Dios, la historia de su cumplimiento. ¿Cómo debe ser su respuesta?

·         Íntima que conforma la intimidad. Una respuesta que brota desde tu verdadero centro personal, aparece un diálogo (llamada-respuesta) desde la más absoluta intimidad, entras en el santuario de la intimidad del otro: es un diálogo muy directo Intimidad – intimidad.

·         Personal  y, al mismo tiempo, tu propia realización personal radica en saber responder a esa llamada, es decir, en llegar a ser tú mismo. Aquí lo más importante no es el despliegue de tus capacidades, sino llegar a ser quién eres. De este modo, tu vida consistirá en construir una historia, una historia comprometida, en la que está en juego la plenitud de tu propia identidad.

·         Necesaria para responder a la llamada creadora, en tanto que deseas que tu identidad se vea cumplida. No es algo que puedas elegir o no, o que sólo corresponda a algunas personas o por algunas circunstancias. Siempre existirá respuesta, pues la no-respuesta ya es un modo intencional de responder. Si eludes la respuesta evitas el diálogo y obviarías llegar a conocer tu identidad personal, te ensimismarías para terminar en la más absoluta soledad. A pesar de todo ello, no podrás librarte de tu vocación ni siquiera cuando la malogres, como apunta Lacroix.

·         Libre.  De nada le sirve a Dios una respuesta forzada por tu parte, ya que con ella no realizarías tu propia identidad, resultaría ajena a tu intimidad, y por eso no se encontraría involucrada la totalidad de tu persona en dicha respuesta. La llamada misma es el origen primero de la libertad, algo más grande que el mero elegir. Ya no es aquella libertad de indiferencia que puede elegir entre diversas opciones más o menos intercambiables, sino una libertad de calidad.

·         Responsable. Esta respuesta en cuanto libre es responsable. La presencia de la otra persona es la que despierta tu libertad y será siempre la raíz permanente en que se realiza el desarrollo de toda persona libre.  Respuesta, responsabilidad, identidad personal, todas ellas ligadas maravillosamente en Gaudium et spes (n. 24): "El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo, sino en el sincero don de sí". Sólo desde la entrega libre y responsable podremos verdaderamente responder a la pregunta existencial sobre quiénes somos.

·         Entrega y la donación. ¿De qué otro modo puedes responder a esta llamada sino es saliendo al encuentro del otro para donarte a él? Sin ser amado y amar, tu vida se malogra. Por ello, alcanzar esa plenitud de vida que buscas pasa por el camino de un amor que se entrega, de un amor esponsal. La Iglesia expresa la riqueza de este amor esponsal cristiano en una doble vocación al amor: el matrimonio y la virginidad o celibato por el Reino de los cielos. Ambos son signo y participación de ese misterio de amor y modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor. El misterio de Cristo y la Iglesia aparece como la perfecta realización del amor esponsal, que es participado virginalmente por los célibes (amor "virginal") y con una modalidad conyugal por los esposos (amor "conyugal").

·         Arriesgada, pues entregar tu propia vida es el riesgo de amar: fiarte de otro, ponerte en sus manos, expuesto a no ser correspondido. Al amar, al confiarte a otro, te haces vulnerable. Por ello, si eludes la aventura del don de ti mismo, de darte, pierdes tu vida; si la entregas siempre ganas, aunque pierdas la vida al entregarla. Cuando respondes a la vocación divina surge siempre la actitud psicológica de quien asume un riesgo; el riesgo de abandonar "tus seguridades" por la promesa de un amor más grande. Si no arriesgas nada, si nada sacrificas por la fe en Jesucristo, aunque te llames cristiano y tengas una vida honorable, todavía no vives tu vida como vocación.

·         Fiel, como fiel es la actitud de Quien te llama: la vocación es un primer encuentro amoroso del Padre con su hijo, que se prolonga en los instantes sucesivos de tu vida, en forma de gracias actuales para conseguir el fin para el que has sido elegido. Por ello, esta fidelidad ha de extenderse hasta el final de la vida, porque solo "el que persevere hasta el fin, ese se salvará" (Mt 24,13). En estas palabras, la fidelidad va más allá de la simple constancia como inmutabilidad, implica otro elemento mucho más difícil de controlar que Marcel llamara "la presencia" personal. Es la "fidelidad creadora" y también liberadora, pues te obliga a inventar una expresión de ti mismo que nadie más que tú mismo puede ofrecer.

LA DIFICULTAD DE LA RESPUESTA

Si renuncias a la respuesta, traicionas tu propia vocación, es decir, respondes equivocadamente. Si has visto clara tu vocación, aunque sólo haya sido una vez, aunque ya no vuelvas a verla más, debes continuar para siempre por sentido de fidelidad. Tendrás que confiar en la certeza de saberte llamado por Dios, como escribe S. Pablo: «fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el modo de poder soportarla con éxito» (1 Cor 10, 3).

Si no puedes establecer compromisos definitivos, algo propio de un sujeto débil y fragmentado, estás rechazando la responsabilidad personal de tus propias decisiones y, por tanto, negando tu libertad. Hoy resulta cada vez más difícil esta respuesta en el ambiente de "pensamiento débil" en que vivimos. ¿Qué ocurre para que muchos se sientan incapaces de llevar a buen término la aventura que se le descubrió en la experiencia del amor? ¿Por qué su libertad se encuentra enormemente débil en la construcción del matrimonio y la familia? Todo ello nos habla, en el fondo, de una crisis del joven, de un corazón enfermo que vive en una cultura que le hace imposible la esperanza. Los jóvenes de hoy se encuentran demasiadas veces solos ante los desafíos de la vida, sin una ayuda en el entorno se sienten frágiles. De este modo, es fácil estar sometido a determinadas crisis:

v      LA CRISIS DEL AMOR: Tiene su origen en el individualismo y surge cuando seas incapaz de encontrarte y de darte al otro. Lo puedes constatar en la crisis de la fidelidad: cada vez es más raro encontrar un amor capaz de durar en el tiempo, de construirse una morada habitable.

v      LA CRISIS DE LA ESPERANZA: Aparece cuando te cierras ante el futuro como posibilidad gratuita, cuando pretendas controlarlo todo en base a tus fuerzas. Hoy lo puedes observar en la crisis de la paternidad: la dificultad o rechazo a asumir la responsabilidad de dar vida a los hijos, lo que ya no es algo natural, sino que se vive como una decisión a tomar: evitar el hijo o producirlo. "Dos cosas son las peores que un hombre puede vivir: la primera… vivir sin esperanza; la segunda, yo diría que la peor, vivir con una esperanza que es falsa" advierte a los contrayentes don Livio en la película "Comprométete" de D"Alatri.

v      LA CRISIS DE LA FE: Es en el fondo lo que encuentras, cuando no soportas la idea de ser hijo, pues parece una violación de la autonomía de tu libertad. En la cultura dominante de la modernidad este papel paradigmático del padre ha sido puesto e cuestión desde sus raíces.

¿Cómo se te puede ayudar a afrontar estas crisis? Haciéndote descubrir la dinámica interior que conduce desde el afecto al amor, y desde él al matrimonio, a la familia, a la paternidad y a la maternidad, integrando el amor a tu persona en todas tus dimensiones. Acompañarte en el camino existencial que te permita reconocerte como hijo/a para convertirte en esposo/a y llegar así a ser padre o madre. Son los tiempos existenciales que se encuentran entrelazados sin solución de continuidad con el desarrollo de una adecuada pastoral familiar, cuyo hilo conductor es la vocación al amor. Inscritos en esta vocación, como padres cristianos, empeñados en la tarea de educar a nuestros hijos en el amor, partiremos de la experiencia de nuestro propio amor conyugal.

Publicado por Ramón Acosta Peso, Máster CC Matrimonio y Familia, 3 hijas el 14 de Abril, 2007, 11:10 | Referencias (0)

 

 

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